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El día que nos despertamos y ya no había armas, fue cuando todo cambió.

 

No sabemos por qué pasó, no sabemos quién lo hizo, no sabemos con qué intención. Una mañana cualquiera, todas las armas de fuego dejaron de funcionar. La pólvora se evaporó. Los tásers eléctricos se descargaron. Las armas nucleares y las bombas químicas se habían convertido en meros cascarones vacíos. Porque sí. No sé quién lo hizo. No me importa.

 

Si lo hubiéramos pensado hace unos meses, nadie habría creído que las armas fueran algo importante para el mundo. No parecían ocupar un puesto elevado en la lista de prioridades de la especie humana. La comida, el agua, el amor, el dinero parecen mucho más esenciales.

 

Pero fue en el momento en que las armas desaparecieron, cuando nos dimos cuenta de lo que representaban. Fue cuando cada uno de los seres humanos del planeta se preguntó por qué mandaban los que mandaban. Por qué unas personas tenían autoridad sobre otras y les decían qué hacer y qué no hacer. La respuesta era simple: armas.

 

En cualquier película americana de catástrofes habrían tenido claro que, en cuanto las armas desaparecieran, el mundo se convertiría en un caos de gente robándose unos a otros, violando a bebés y comiéndose al gato del vecino. Pero no fue así. Para nada. El día que nos despertamos y ya no había armas, todo pasó de una forma mucho más humana.

 

Los policías se despertaron aquella mañana y, cuando por fin se dieron cuenta de lo que pasaba, lloraron como niños y se encerraron a cal y canto en sus comisarías. Habían perdido lo que les hacía especiales. Lo que les hacía ser mejores seres humanos que los demás, estar por encima del bien y del mal, tener el poder para decidir la vida de otras personas. Ese día, se dieron cuenta de que no eran más que personas, igual que todos nosotros.

 

Los políticos gritaron de rabia e impotencia y no tardaron en aparecer en televisión culpándose unos a otros, culpando a organizaciones terroristas inventadas, culpando a cualquier ciudadano de a pie que se atreviera a preguntar “¿y ahora, qué?” Pero eso fue lo que pasó. Que la gente empezó a preguntar “¿y ahora, qué?” Si no obedecíamos a los grandes trajes y corbatas que vociferaban entre espumarajos enloquecidos en los noticiarios, ¿nos iban a disparar? ¿Iban a meternos en la cárcel a punta de pistola?

 

No recuerdo cuál de ellos fue el que metió la pata y dijo la frase que encendió la chispa. Creo que fue uno de los grandes fascistas exaltados. Intentaba mantenernos asustados, que no nos diéramos cuenta de que ya no tenían ninguna clase de dominio sobre nuestras vidas. Dijo algo así como “no creáis que ya no os gobernamos”, intentando alejar el pensamiento de la mente colectiva. Y, al decirlo en voz alta, lo que logró fue acercarlo a nosotros. En ese momento nos dimos cuenta de que ya no teníamos que tenerles miedo. No eran más que hombrecillos a los que el traje se les había quedado grande y la corbata se les había caído hasta los tobillos. Ahora eran ellos los que estaban asustados. Con sus perros guardianes privados de sus dientes y encerrados en sus casetas muertos de miedo, lloraban de pánico porque ya nadie les escuchaba. Se veían rebajados a la categoría de seres humanos. Ya no tenían pólvora. Ahora, la pólvora éramos nosotros.

 

Puede que pasaran un par de horas antes de que todo estallara. Estallar quizás no sea la palabra adecuada, dado lo tranquilo que fue todo. Desde que el político en cuestión dijo aquella frase, apenas pasaron dos horas hasta que la gente entró en el congreso. No hubo organización de ningún tipo, la gente no se llamaba por teléfono ni se convocaron manifestaciones por internet. Las personas de a pie simplemente echaron a andar tranquilamente desde sus casas o puestos de trabajo hacia el lugar de autoridad más cercano, ya fuera un ayuntamiento local, una presidencia autonómica o el mismo gobierno del país. Andaban sonriendo, pensando que el sitio al que iban estaba habitado por personas iguales que ellos, sin ningún poder mágico que les hiciera mejores que nosotros y sin la posibilidad de hacernos daño para dejar claro quién manda. Cada uno andaba a la suya, sin preocuparse de si iba solo o acompañado. Pero la realidad era que una marabunta infinita de personas se dirigía a lo que un par de horas antes había sido un centro de poder. Sólo porque todos y cada uno de ellos tenían un mensaje en la cabeza que querían dejar claro: Ya no me das miedo.

 

No quedó uno solo. Ni un edificio de poder. Piedra por piedra, todos desmontados. Ayuntamientos, comisarías, cuarteles militares. Y a los políticos y sus guardianes… lo que les pasó a todos y cada uno de ellos, sin una sola excepción en todo el planeta, prefiero no recordarlo. Es algo que nadie querría recordar.

 

Pero fue bonito. No fue un estallido. No fue una noche de violencia, hogueras, explosiones y gente gritando de furia y dolor. Fue una mañana tranquila y soleada. Fue como una ola suave desgastando un castillo de arena en la playa. Fue un mar de gente sonriente caminando sin prisa y sin un orden concreto, entrando en los lugares donde se escondía la gente que antes había sido mejor que las personas y dejándoles claro que ya no lo eran. Y todo pasó en apenas una hora.

 

Y después de eso, ¿qué? ¿Caos, anarquía, destrucción, pillaje?

 

No. La gente se dio la vuelta tranquilamente y volvieron a sus trabajos, a sus familias, a sus amigos, o a empezar de nuevo y dedicarse a algo que les hiciera felices. No tenían ninguna necesidad de crear más caos y terror. La gente que había estado creando siempre el caos y el terror, los terroristas de verdad, ya no estaban. No había sido un héroe el que había acabado con ellos, ni un cuerpo especial de agentes de élite. Había sido todo el mundo. Todos nosotros.

 

Ese fue el día en que se acabó el miedo. El día en que dejaron de haber personas que eran más persona que los demás. El día que nos despertamos y ya no habían armas.

 

Jose Sénder.

3-1-2014, 23:15 h.

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